El valor de la proximidad en el cambio de época

Joan Subirats 

Catedrático de Ciencia Política e investigado del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona 

Repensar el papel de las distintas esferas de gobierno

En momentos como los actuales, en que todo a nuestro alrededor cambia y se altera de manera muchas veces irreversible, nos conviene repensar si las pautas de gobierno que venimos utilizando son las más adecuadas. La combinación de cambio tecnológico de gran calado, globalización económica e intensificación de las señales de riesgo ecológico y de salud, no dejan mucho espacio a la elucubración o a un mero ejercicio retórico sobre la necesidad de transformar nuestros sistemas de gobierno. Decía Madeleine Albright (la que fue Secretaria de Estado de la administración Clinton) que nos enfrentamos a problemas del siglo XXI con ideas del siglo XX, usando instrumentos pensados en el siglo XIX. Más allá de la simplificación que toda síntesis como esta conlleva, lo cierto es que el desajuste entre la incertidumbre y la complejidad que padecemos y la notable inadecuación de ideas o la evidente obsolescencia de los instrumentos de decisión e implementación que manejan las distintas esferas de gobierno resulta bastante evidente.

Uno de los desajustes más visibles es el que se produce entre la creciente heterogeneidad social y la tradicional “eficacia indiferente” que caracteriza el proceder de las administraciones públicas. Cada vez más, la diversificación de identidades, de opciones vitales y la fuerte exigencia de reconocimiento de cada persona en su distinta manera de ser, constituyen un signo de los tiempos que vivimos. La calidad de los servicios a los que accede cualquier persona se mide ahora por su personalización, y no tanto por la homogeneidad con que están pensados y ejecutados. Si en el siglo XIX y XX la gran tensión entre valores se situaba en el conflicto entre igualdad y libertad, en el siglo XXI ha ido consolidándose la idea que igualdad no puede implicar una estricta homogeneidad de trato. Lo contrario de la igualdad es la desigualdad, y lo contrario de homogeneidad es diversidad. Por tanto, hoy día la tensión está más bien situada entre el valor de la autonomía personal, la exigencia de igualdad y el reconocimiento de la diversidad.

Es precisamente en ese contexto que el valor de la proximidad se pone más de relieve. Es cierto que cuando predomina la sensación de riesgo y de incertidumbre, y cuando el mercado no da suficientes garantías para una gran mayoría de la población, la gente busca protección. El Estado ha sido, tradicionalmente ese instrumento de protección colectiva. Y ahora, en tiempos de pandemia, ha vuelto a ejercer ese papel, con todas las diferencias y peculiaridades de cada escenario nacional. Pero, la esfera estatal inevitablemente acaba ejerciendo esa necesaria labor de protección desde lejos, de manera jerárquica y patriarcal (es decir, con formas poco empáticas, poco compartidas de prescripción). Además, como mencionábamos antes, el instrumento de acción esencial del Estado es la administración pública que actúa respondiendo a los criterios de eficacia y de no discriminación, cayendo muchas veces en la confusión entre igualdad y homogeneidad.

En este escenario adquiere un relieve particular el papel de los gobiernos territoriales, locales y regionales, ya que incorporan como valor añadido la proximidad, es decir la capacidad de adaptarse a realidades, colectivos y situaciones personales distintas. Permitiendo, asimismo, que la necesaria articulación de recursos procedentes de distintas lógicas competenciales pueda ejercerse de manera articulada y cooperativa. Desde lejos la transversalidad e integralidad, tan necesaria para dar respuesta protectora a situaciones y problemas complejos, resulta muy complicada. Y ese es precisamente el gran valor diferencial de los gobiernos territoriales más cercanos a la ciudadanía.

Todo ello nos indica que deberíamos reforzar de manera significativas las competencias y recursos de las esferas de gobierno más próximas a la ciudadanía y a sus problemas crecientemente complejos. Pero, en este sentido, no conviene caer en la lógica que enfrenta centralización y descentralización de los poderes y recursos públicos, sino más bien tratar de analizar la especificidad de cada tema y situarlo en la escala de gobierno que mejor pueda enfrentarse a ello. La propia pandemia ha puesto de relieve la necesidad de contar con un marco de decisión supraestatal que concentre las capacidades de gobierno sobre temas que requieren una adecuada mezcla de conocimiento experto y de alcance supraterritorial ante fenómenos que no conocen de fronteras. Los estados siguen siendo absolutamente necesarios en temas de planificación y evaluación, y para ello deben contar con sistemas de información que les permitan no solo el seguimiento constante de los temas sino también la capacidad de delegar esferas territoriales de gobierno sin perder el control en sus ámbito nacional-territorial. Las esferas subestatales de gobierno, especialmente los gobiernos locales, si cuentan con la dimensión territorial adecuada, pueden ser la clave para asegurar esa mezcla específica de protección, capaz por un lado de reconocer la diversidad y, por el otro, de generar respuestas transversales y compartidas.

Los tiempos que vivimos exigen planteamientos innovadores y que al mismo tiempo generen dosis de confianza a una ciudadanía que se siente desprotegida y temerosa ante un futuro que se presenta incierto. Los retos de todo tipo que tenemos planteados, sean de carácter ambiental, económico o social, exigen modificar las pautas tradicionales de gobierno y gestión de los asuntos públicos. No habrá respuestas eficaces que no busquen la implicación ciudadana desde la proximidad, y cuenten así con la adecuada presencia del territorio y de sus esferas de gobierno.  

 

 


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