Evitar el éxodo rural es clave y estratégico

Carles Llorens

Secretario general de ORU Fogar

 

 

En Rumanía, en Pitesti, Arges, aprovechando la celebración de un Buró de ORU Fogar, vamos a hablar de Desarrollo Rural. Creemos firmemente que es una de las claves para evitar muchos de nuestros problemas de futuro. El éxodo rural es uno de los fenómenos demográficos y sociales más transformadores de los últimos dos siglos. Básicamente, es el "gran viaje" de la población desde el campo hacia las ciudades, motivado por la búsqueda de una vida mejor, pero que -en muchos casos- no procura la mejora, deja el campo vacío y desbarata las ciudades. Desde ORU Fogar, esta preocupación no es nueva. Durante años, hemos defendido con firmeza que la mejor manera de evitar los problemas de las ciudades es, precisamente, prevenir el éxodo rural en su origen.

 

 

El mito del progreso urbano frente al campo

Durante demasiado tiempo, el debate global ha estado secuestrado por una visión exclusivamente urbana. Lo vimos en la cumbre Habitat III, en Quito en octubre de 2016, este año hará 10 años, cuando el concepto de "derecho a la ciudad" se convirtió en la bandera principal. Ese concepto, bajo una apariencia de progreso, consolida, sin embargo, una jerarquía que pone en valor la ciudad sobre el campo, perpetuando una visión peyorativa que se remonta a la Ilustración. Ciertas corrientes denominadas "progresistas" han presentado históricamente a la ciudad como el motor único del avance, frente a un campo tildado de oscuro y retrógrado. Esta dicotomía no solo es perniciosa, sino que es profundamente falsa y ha servido para justificar el menosprecio sistemático hacia el medio rural.

 

 

La realidad de la explosión urbana

Para millones de personas la ciudad ha sido y es una promesa. Las urbes ofrecen acceso a servicios que en el campo son limitados: hospitales especializados, universidades, una oferta cultural vibrante y, sobre todo, una mayor diversidad de empleo. Así, hay un efecto "llamada" y, siempre, la percepción de que el éxito profesional y la modernidad ocurren exclusivamente en el asfalto. Muchas veces, sin embargo, la ciudad es una promesa falsa, que agrava las diferencias sociales, desarraiga y ubica a los migrantes en espacios insalubres, marginales e inseguros, donde no hay ni los hospitales, desde donde es posible llegar a la universidad, donde la cultura no está ni se le espera y dónde tampoco se encuentra el empleo esperado.

Conviene ver que el éxodo rural no es solo un eco de la Revolución Industrial. Es un proceso muy vivo. En América Latina, el 80 % de la población vive ya en ciudades, pero estas continúan creciendo con población procedente del territorio. Y en Argentina y Uruguay más del 90 % vive ya en ciudades. En Europa, estamos lejos de la despoblación rural de otras décadas, pero vemos todavía como muchos jóvenes se marchan de áreas rurales para ir a estudiar o trabajar a las ciudades y no vuelven. Al irse la población joven, estas zonas quedan pobladas mayoritariamente por personas mayores. Esto genera un círculo vicioso de servicios públicos que cierran (escuelas, centros de salud) por falta de demanda, lo que a su vez empuja a más personas a irse. Las tasas de declive demográfico rural más alto de Europa están en Bulgaria, Croacia, Letonia, Lituania o la misma Rumania, por una combinación de migración externa (hacia otros países de la UE) y migración interna (hacia sus capitales). En Rumania, el mayor problema está en regiones remotas que pierden población de forma constante debido a la falta de oportunidades económicas competitivas frente a las grandes ciudades. Y hay también el problema de la “España vacia”, territorios inmensos con una densidad de población extremadamente baja, un envejecimiento severo y una falta de servicios básicos, lo que crea otro círculo de declive difícil de romper.

Nada, en todo caso, parecido a lo que ocurre hoy en África. Ahí el éxodo rural es un fenómeno único por su velocidad y magnitud. Mientras que históricamente en Europa el éxodo fue un tránsito gradual, en un continente como África es hoy una explosión caótica. Los factores de expulsión, desde el cambio climático hasta la falta de infraestructuras, empujan a millones de personas a buscar refugio en megaciudades que colapsan bajo el peso de una demanda para la que no fueron planificadas. Lo que sobre el papel parece una búsqueda de progreso, en la práctica se traduce en crisis logísticas, urbanismo informal y una desigualdad rampante donde la brecha entre los barrios de negocios y las zonas marginales genera tensiones sociales crónicas que las ciudades, por sí solas, no pueden resolver.

Este vertiginoso trasvase de población hacia las urbes africanas choca frontalmente con una realidad urbana marcada por la precariedad y la falta de infraestructura básica. El peso de la informalidad resulta abrumador: en metrópolis como Lagos, Nigeria, se estima que más del 60% de la economía es informal, obligando a millones de personas a subsistir a través del comercio callejero y servicios no regulados que operan al margen de cualquier protección legal. Esta precariedad se ve agravada por una insalvable brecha de servicios; el crecimiento demográfico es tan acelerado que la capacidad financiera de los gobiernos es insuficiente para desplegar redes de alcantarillado o suministro eléctrico al mismo ritmo, lo que deriva en la proliferación de asentamientos informales masivos, siendo el barrio de chabolas de Kibera en Nairobi el ejemplo más representativo de este fenómeno.

Más allá de ser un destino final, la metrópolis africana actúa con frecuencia como una estratégica "plataforma de lanzamiento" para quienes proyectan un futuro en el extranjero. Para gran parte de la juventud que migra desde el ámbito rural, ciudades como Lagos, Dakar o Nairobi funcionan como un terreno de entrenamiento y acumulación de recursos donde la adquisición de capital se vuelve prioritaria: a diferencia de la economía de subsistencia predominante en el campo, la ciudad ofrece la posibilidad de generar el dinero líquido necesario para costear pasajes o gestionar visados. Es en este entorno urbano donde se materializa el acceso a redes de información clave, permitiendo contactar con agencias de migración o familiares que ya han completado el trayecto hacia Europa. Finalmente, esta experiencia se ve impulsada por nuevas aspiraciones personales; la exposición cotidiana a un estilo de vida urbano y globalizado suele elevar las expectativas de los individuos, reforzando la determinación de dar el salto definitivo fuera del continente en busca de mayores horizontes.

 

 

El centralismo como motor del abandono

La atracción de las ciudades no sólo tiene que ver con por la concentración económica que generan. El éxodo rural es, en gran medida, alimentado por una centralización política que actúa como un imán desequilibrador. Cuando el poder, la inversión y la toma de decisiones se concentran en la capital, se produce un drenaje de recursos que condena al territorio. Este centralismo crea un bucle peligroso donde la capital acapara las infraestructuras, mientras que la falta de autonomía financiera y administrativa en las regiones ahuyenta la inversión rural. Para romper este círculo vicioso, debemos transitar hacia un modelo policéntrico de Estado basado en la descentralización efectiva, garantizando que vivir en el campo sea una opción viable y no un acto de heroísmo.

 

 

Hacia un nuevo equilibrio territorial

Lograr el equilibrio territorial requiere una verdadera descentralización administrativa y competencial, donde los gobiernos regionales tengan capacidad normativa propia para adaptar las leyes a su realidad. El Estado debe garantizar por ley una igualdad de servicios, donde el acceso a la salud, la educación y la conectividad 5G sea idéntico en cualquier punto del territorio. Además, es necesaria una fiscalidad diferenciada que premie la resiliencia territorial y una desconcentración institucional que mueva organismos públicos fuera de los centros de poder. La descentralización es, ante todo, un ejercicio de democracia: si el poder está cerca de la gente, las soluciones son más precisas y ajustadas a la realidad de la tierra. Es hora de reconocer que el futuro de nuestras naciones se decide en la capacidad de dotar de vida, recursos y autonomía a todo nuestro territorio.

 


© All rights reserved ORU. Barcelona 2026