El latido vivo de Manabí, Región Mundial de la Gastronomía

Pere Castells

Presidente de la Fundación Science and Cooking World Congress

 

Hay semanas en el calendario que no se miden por las horas transcurridas, sino por la profundidad de las huellas que dejan en la memoria de los pueblos. Eso han sido estas jornadas de octubre de 2026 en Manabí. No se trataba de un cónclave lejano ni de un simposio frío y distante; era la celebración vibrante y colectiva de una provincia que ha asumido su destino con orgullo, erigiéndose por todo derecho como Región Mundial de la Gastronomía.

Desde el primer instante, la Prefectura de Manabí abrió sus puertas y su corazón para mostrar al mundo lo que significa habitar una tierra donde el origen se vive como un compromiso diario. En el Ecosistema Iche, en San Vicente, y a lo largo de los encuentros que han sacudido de entusiasmo cada rincón de la provincia, la cocina se ha manifestado en su dimensión más auténtica: no como un simple escaparate comercial, sino como el refugio de la memoria, la dignidad y el afecto de su gente.

Lo que ha ocurrido estos días en Manabí es el testimonio vivo de una transformación comunitaria. Lo hemos visto en los talleres de «Saberes y Fogones» en los mercados, donde las manos sabias de las cocineras populares transmiten de generación en generación los secretos de una sazón milenaria; lo hemos sentido al calor del tradicional horno manabita, una auténtica obra maestra de la termodinámica popular y de la arquitectura de barro; y lo hemos respirado en el estuario de Bahía de Caráquez, mirando al futuro con la presentación de iniciativas como Co-Lab Culinaria y apostando firmemente por la biodiversidad, la soberanía alimentaria y la protección de nuestras semillas.

El foro ha acogido grandes aportaciones y voces expertas notables que han enriquecido el debate territorial. Entre ellas, destacó la visión de Pia Sörensen desde Boston sobre la fermentación como puente entre ciencia y cocina; las profundas reflexiones de Fanny Vergara acerca de la ancestralidad manabita y la autoría de aquellos sabores; la mirada de Tatiana Rodriguez sobre la memoria del maíz y la agrobiodiversidad andina; o las propuestas de Lalo Plascencia y Ana Lobato sobre cómo la investigación y la escucha activa a las comunidades son los verdaderos motores de la innovación. Asimismo, voces como la de Luciana Bianchi desde Galápagos con su enfoque zero waste, las aportaciones de Diego Gutiérrez sobre la necesidad de convertir la cocina en investigación, el recorrido histórico de Lourdes Delgado Farfán sobre el cacao, el rigor técnico de Valentina Álvarez analizando la termodinámica del horno manabita, y la sabiduría amazónica compartida por Marta Echavarría y Juan Manuel Arcos, han dibujado un mapa coral de excelencia.

En este latido colectivo, la ciencia y el rigor del conocimiento han jugado un papel fundamental, entrelazándose de manera indisoluble con la tradición. En mi ponencia, y desde una profunda convicción, defendí el sentido auténtico del encuentro entre gastronomía y ciencia: no se trata de despojar a los fogones de su alma, sino de aplicar la mirada analítica, la comprensión de los procesos y la ciencia culinaria —como la termodinámica del propio horno manabita o la magia de los productos locales— para explicar el porqué de la excelencia ancestral. Defendí que la ciencia debe ponerse al servicio del producto, de la salud y de la comunidad, ayudando a preservar los saberes tradicionales mediante el rigor y proyectándolos con solidez hacia el futuro.

Esta cita ha sido, sobre todo, un triunfo de la provincia y de sus protagonistas. Ha brillado en la mirada de los jóvenes talentos premiados, en el pulso incansable de los productores locales y en el latido de una sociedad que ha hecho suya la campaña «Qué rico es Manabí». Las delegaciones internacionales que hemos tenido el privilegio de acompañar estos días no han venido solo a observar, sino a aprender de una lección magistral de resiliencia, ciencia y hospitalidad.

Porque lo que Manabí ha demostrado en estas jornadas de octubre es que la verdadera riqueza de una región no reside únicamente en sus productos, por excepcionales que sean, sino en la capacidad de su gente para unirse, aplicar el saber riguroso y convertir su identidad en un proyecto de vida y de futuro. Manabí nos ha enseñado de nuevo que cuando la tierra, la ciencia y la memoria se dan la mano con generosidad, la cocina se transforma en el lenguaje más hermoso para alimentar la esperanza y dignificar el mundo.


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